miércoles, 24 de julio de 2019

Rosados y anaranjados pintan Narbona, el atardecer es añil en Sète


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Día 7. Lunes 15.07.19
VIAJE DE VERANO. JULIO 2019
NARBONNE - SÈTE - MONTPELLIER - VINASSAN
(km      -  km 1746)
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   Tras una noche apacible y muy tranquila en este aparcamiento a menos de quince minutos a pie del centro, Narbona nos esperaba.

 
   Si tuviese que pintar Narbona, en mi paleta pondría anaranjados, ocres, rosados... el azul intenso del Canal du Midi y pinceladas alegres de los vivos colores de las infinitas flores que adornan las calles, los balcones y los jardines. Son increíbles las combinaciones que vemos en las jardineras que bordean los puentes, nunca me canso de mirarlas y trato de atrapar el efímero regalo de su belleza sabedora de que son diferentes entre sí, geométricamente perfectas y eternamente delicadas. 
   En la oficina de turismo nos dieron un plano y las indicaciones oportunas para poder disfrutar del encanto y el Arte de esta ciudad. La oficina es tan bonita y sofisticada... junto a ella hay una coqueta librería, no pude resistirme a su encanto y tras una amena conversación con su propietario que recorrió amablemente las estanterías para ver si tenía un libro que hace tiempo deseo leer, no fue posible hacerme con él, pero salí de allí con uno que empezaré a leer en breve y del que habrá una breve reseña bajo la etiqueta de FURGOLECTURAS, estoy segura. 
Nuestra primera y ansiada visita a la CATEDRAL, se hizo de rogar un poquito más porque... justo delante, se puede observar un pequeño tramo del legado romano tan inmenso y, en especial, importante para mí: la VIA DOMITIA. Hay una bajada, tres escaleras, tan sólo eso y a la vez tanto... y pude pisarla, ¡qué emoción: la vía que unía Italia y España en tiempo de los romanos! Hay momentos únicos en la vida y este es uno de ellos para mí, pisando aquella calzada descubierta al peatonalizar la plaza, me asomé a una ventana que trajo al presente los ecos de la ruidosa Roma y sus ansia por extender un imperio tan poderoso que aún hoy late. 


   Visitamos la CATHÉDRALE SAINT JUST ET SAINT PASTOR y sentimos su elevación, la muestra palpable de un estilo gótico que la hace merecedora de ser consideraba uno de los más bellos edificios del sur de Francia. 


   Callejeando y a pocos metros una nueva visita abría la ventana por segunda vez a la herencia romana: el HORREUM. Además de la bajada considerable de temperatura, había algo que iba mucho más allá de cualquier razón práctica para hacernos sentir como anclados a los corredores subterráneos, a las infinitas galerías... y no puede ser otra que: la profunda admiración a unos arquitectos e ingenieros que hace más de 2000 años soñaron, idearon, inventaron, crearon... las más increíbles infraestructuras. 


   Comimos y dejamos el aparcamiento en el que tan a gusto pasamos la noche, decidiendo ir a un supermercado para aprovisionarnos antes de emprender ruta hacia Montpellier. Tomamos un “cafe au lait glacé” y, ya un poco más frescos, fuimos a por algunos “fromages” entre otras comandas. 


   En Narbona tomamos la autopista. En este viaje hemos estrenado el Vía-T y por el momento, lo vemos como algo muy cómodo pues siempre es más rápido y más sencillo que estar pendiente de tener efectivo o de que acepte la tarjeta (aunque he de decir que no en todos los peajes es posible pagar con él). Nuestra intención era continuar a Montpellier, pero vimos la salida a Sète y decidimos tomarla pensando en darnos un pequeño baño. Hasta Sète, tarifa 2, el peaje son 8,70€. 

   Aunque no hubo baño y apenas encontramos sitio donde estacionar, Sète nos regaló sus azules y añiles, su olor a mar y el bullicio de un atardecer estival. 


Retomamos la autopista, hacia Montpellier 


   Nos dirigimos a un aparcamiento, apenas faltaban unos diez minutos para las 21h por lo que ya no entramos en el supermercado y cruzamos para ir a tomar algo a una conocida cadena de comida rápida. 


   Jamás imaginamos encontrar esta desagradable sorpresa. Jorge me abrió mientras iba a mirar si estábamos más en llano aparcando en otra plaza, una vez dentro escuché un ruido parecido al de la escarcha al deshacerse, al pequeño estallido de los cubos de hielo con el cambio de temperatura y miré hacia el lugar del que provenía: era el cristal pequeño de la ventana del conductor. Habían intentado forzar la puerta y al no poder, rompieron el cristal con la idea de abrir desde dentro. 


   Afortunadamente todo quedó en un pequeño disgusto. Nosotros estábamos bien y eso era lo importante. 
   Bajo una preciosa luna, cogimos nuevamente la autopista para pasar la noche en un área cerrada, la de VINASSAN que habíamos visto al salir de Narbona. El peaje (Montpellier-  Narbonne) fueron 12,70€ y el área 9€. 
   En la próxima entrada la veréis, bonita y llena de altos árboles bajo cuya sombra leí feliz. 


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